La Sal de los Arévacos

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La sal de los arévacos

Si un hombre del paleolítico, cavando la tierra háyase un filón de oro, probablemente tomaría un buen trozo, marcaría el lugar por si tuviera que volver, pero se iría de allí pensando: “hoy no he tenido un buen día, otra vez será”. El oro es un metal blando que solo sirve como adorno. ¡Lo que realmente buscaba era sal!

No en vano, la sal es indispensable para el desarrollo de actividades vitales como el crecimiento o la reproducción y el buen funcionamiento de las funciones motrices, ya que el sodio permite la transmisión de los impulsos nerviosos y la absorción de nutrientes.

Al igual que las personas, los animales también necesitan consumir sal. Esto es bien conocido por los ganaderos y pastores quienes facilitan el acceso de sus ganados a los salobrales.

El cloruro sódico se compone de la reacción de un metal inestable, el sodio, y un gas venenoso, el cloro. Un mineral conocido, que los seres vivos no sólo pueden tolerar, sino que necesitan para su supervivencia.

Sobre su uso en la península ibérica, podemos remontarnos al Neolítico Medio (4500-3500 a. C.) para encontrar las primeras trazas de aprovechamiento salino.

En Cardona, a 80 kilómetros al noroeste de Barcelona, en la conocida como Muntanya de Sal, se encontraron restos de industria lítica pulimentada. El método que se utilizó en este lugar durante el Neolítico, fue la extracción de bloques mediante el golpeo con hachas y azuelas en los afloramientos.

Una de las utilizaciones más antiguas de la sal estriba en su excelente capacidad para la conservación de alimentos perecederos. En un régimen económico primario la existencia de abundantes reservas de sal garantizaba la posibilidad de guardar alimentos para las épocas de carestía.

Historiadores y geógrafos de la Antigüedad nos ofrecen un amplio catálogo de las posibilidades y el uso de la sal entre los pueblos prerromanos. Era utilizada para la preservación de carnes tanto por iberos como por galos (Columela, XII, 55; Estrabón, III, 4, 11) especialmente los salsamenta elaborados a base de cerdo y en concreto los jamones.

En un magnífico trabajo de investigación (M. L. CERDEÑO y PÉREZ, J. L. (1992): “La explotación de la sal en época celtibérica en la región de Sigüenza”). También dan cuenta de su explotación y su uso.

Dentro de las salinas de la comarca de Atienza destacaban las de La Olmeda de Jadraque que se conocen como de Bonilla situadas cerca de Jadraque y las de Imón, ya mencionadas en el Libro de la caza de don Juan Manuel (1337-1348).

El río Salado, antiguamente denominado Gormellón, nace en las proximidades de Paredes de Sigüenza y continúa por Riba de Santiuste hacia las Salinas de Imón. Recibe su nombre porque atraviesa materiales muy solubles que hacen que el agua se cargue de cloruro de sodio.

Aunque las actuales Salinas de Imón situadas a ambos lados de la carretera de Sigüenza a Atienza, se construyen en el siglo X, y llegaron a ser unas de las salinas de interior más grandes de España, los romanos en el s. I d. C. ya extraían sal del río Salado, y es de suponer que los arévacos, primitivos habitantes de la zona no dejarían de explotar un recurso tan valioso.

Esta sal blanca y fina, de buena calidad, que se formaba periódicamente debía ser la “flos salis”, tantas veces citada por los tratadistas (Plinio, XXXI, 86 y 105).

Al ser un producto de primera necesidad no cabe la menor duda de que su comercio debió traer consigo un efecto multiplicador en el volumen de intercambios. Según algunos autores fue el comercio de la sal el que fomentó la existencia de determinadas rutas comerciales.

El conocido caso de la Via Salaria de Roma, ejemplifica la importancia que este recurso tiene en el desarrollo de un determinado eje de comunicación y los beneficios que reporta a una urbe, ya que la ruta era utilizada habitualmente para el transporte de la Sal obtenida en Ostia hacia el territorio Sabino (Plinio, XXXI, 89).

El término “salario”, alude a las cantidades de sal que eran asignadas personalmente por el tesoro a las tropas (Plinio, XXXI, 7, 41; XXXIV, 3, 6).

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