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Druidas y Druidesas

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¿Quién no ha oído hablar de los druidas? Aquellos sacerdotes y altos dignatarios del pueblo celta envueltos en un misterio tan mágico y enigmático.

Poco se sabe de ellos, ya que sus ancestrales conocimientos se transmitían oralmente.

Los druidas eran conocidos tanto por su sabiduría como por su audacia, y eran admirados y temidos por los romanos.

Los druidas atesoraban los conocimientos de su pueblo. Dice Julio César quien hablo de la duración de los estudios necesarios para convertirse en druida. Según dice, los alumnos necesitaban unos 20 años de estudios bajo la disciplina de sus Maestros. Cesar dice que existían grandes escuelas druídicas en Britania; Pomponio Mela dice que los druidas, una vez fueron proscritos, se reunían en cuevas o valles apartados para seguir instruyendo a los jóvenes.

En la Galia instruían a los jóvenes y les enseñaban todo lo que sabían acerca del mundo, el alma humana y los dioses. Parece ser que la casta druida se ocupaba entre otras cosas, de la educación de los jóvenes celtas.

Algunos de estos estudiantes permanecían con sus maestros hasta los 20 años de edad; Camilla Jullian creía que César estaba en un error al afirmar que había que estudiar durante 20 años para ser druida, y que lo que realmente quiso decir es que los alumnos estudiaban hasta los 20 años.

Pero el ejercicio de druida no se limitaba exclusivamente a los hombres, para los celtas, las mujeres tenían un carácter sagrado y dotado con grandes aptitudes para la adivinación. Se las tenía muy en cuenta tanto en su opinión como en sus predicciones.

A diferencia de las mujeres griegas consideradas un bien heredable, o las romanas, controladas absolutamente por su padre o tutor, la mujer Celta podía llegar a tener la máxima autoridad.

Está claro que las mujeres celtas gozaban de mayores derechos y estatus que mujeres de otras culturas en la misma época.

Varios escritores latinos y griegos nombran a las Dryades o mujeres druidas.

Según Dion Casio, Boudicca era Sacerdotisa de la Diosa Andrasta, Diosa de la Victoria. Pudiera ser que Boudicca fuera druida además de reina. Otra gobernante, contemporánea de Boudicca, fue Cartimandua. Hay noticias de una Jefa Gala, Onomaris, que condujo a las tribus celtas en su marcha hacia Iberia.

También conocemos la historia de Eponina, posible Sacerdotisa de Epona, casada con Julio Sabino, que tomo parte en la insurrección Gala del 69 d.c. Cuando fracasó, Julio Sabino se mantuvo escondido durante nueve años tras simular su suicidio. Eponina cuidó de él e incluso intentó obtener el perdón de Roma para su marido. Cuando Sabino fue capturado, él y Eponina fueron ejecutados por el Emperador Vespasiano.

Plutarco cuenta la historia de que el historiador Polibio, conoció y habló con Chiomara, esposa de Ortagión, jefe de los Tolistobaios. Chiomara fue capturada por los romanos y un centurión la violó. Cuando el centurión se dio cuenta de que era una mujer de alto rango, pidió un rescate que Ortagión accedió a pagar. El intercambio iba a tener lugar junto a un río. Mientras el centurión estaba recogiendo su oro, Chiomara lo decapitó y llevo su cabeza para su marido.

Plutarco narra otra historia: Camma, Sacerdotisa de la Diosa Brigit (equivalente Celta de Artemisa), estaba casada con un jefe llamado Sinatos, asesinado por un tal Sinorix, que obligó a Camma a casarse con él. La ceremonia de boda incluía beber de una misma copa, así que Camma envenenó la copa, bebiendo ella primero de la copa y aceptando su propia muerte para obtener la del asesino.

Pomponio Mela, en “De Chorographia” menciona a nueve Sacerdotisas druidesas de la Isla de Sena, en Armórica, que conocían el futuro y emitían oráculos a los marineros.

Estrabón pone énfasis en el hecho de que las Sacerdotisas Celtas eran muy independientes de sus maridos, confirmando la existencia del matrimonio dentro del Sacerdocio.

En la primitiva Iglesia Cristiana Celta, las mujeres dirigentes fueron consideradas iguales a sus colegas masculinos, tal como lo habían sido durante la religión celta precristiana. Al principio, las mujeres podían celebrar igual que los sacerdotes masculinos. Parece ser que la Iglesia de Roma exigió que las mujeres no celebraran, pues lo consideraban “una herejía abominable”.

En los decretos canónicos de San Patricio, encontramos que advierte a los Reyes que no deben aceptar el consejo de druidas, sean hombres o mujeres, y en sus “Himnos” pide especialmente a Dios que le proteja de las mujeres druidas.

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